martes, 8 de marzo de 2011

El día de la mujer: aún queda mucho por hacer


 Fuente: Kolumna Okupa

A pesar de los logros que hemos alcazando las féminas en materia de reivindicación de derechos a lo largo del último siglo, para nadie es un secreto que aún queda mucho por hacer.

¿Cómo es posible que hoy, en pleno siglo XXI, en algunos lugares de Africa aún se considere  que la violación es un favor que se le hace a la mujer y, por consiguiente, un derecho del hombre?

La violación y la exterminación de mujeres  han sido y son prácticas corrientes en  diferentes zonas del orbe donde imperan los conflictos bélicos o sociales.

 Fuente: Internet

Prácticas como las que acabo de evocar, la excisión o la lapidación por adulterio levantan las más virulentas condenas en el mundo occidental. Sin embargo, tenemos tejado de vidrio.

En nuestras sociedades, en este primerísimo mundo, aún son los hombres  quienes mayoritariamente ocupan los puestos  importantes. También reciben mejores salarios que sus colegas del sexo opuesto.

Aunque no sea obligatorio poner nuestra foto en los CV,  para postularnos a puestos en la función pública  a  las mujeres se nos invita a llenar y firmar un formulario de equidad.

Por más que lo justifiquen, a todas luces esta es una sutil forma de discriminación. Positiva, dirán algunos. Sin embargo, en raras ocasiones tienen  los hombre que declarar su sexo para aumentar su chance de obtener un puesto de trabajo.

  Fuente: Internet

Eso por no hablar de los incontables casos de violencia doméstica y las violaciones cuya gran mayoría nunca son denunciados. No repetiré las historias clásicas -que no por eso dejan de ser  menos dolorosas-. Sólo quiero evocar una diferente. Una de aquí, del patio de mi casa. 

Hace apenas algunos años una estudiante universitaria quebequense, madre soltera, tuvo que entablar un proceso contra el Ministerio de educación de Québec (MEQLS) por discriminación y abuso reiterado.

¡Sí, una estudiante quebequense fue discriminada en su propio país! Ni más ni menos que por recibir una pensión alimentaria destinada a... ¡su hijo!

El Ministerio estimaba que ya tenía demasiados ingresos, por tanto le pagaba lo mismo que a un estudiante ordinario que no tiene otra responsabilidad en la vida que no sea la de estudiar. 

Eso sin contar que luego, esa misma  estudiante, tendrá que salir a batirse para encontrar un puesto en el mercado del trabajo, donde  siempre estará  en desventaja por tener... ¡un hijo!

¡Y no sólo tendrá que trabajar para mantener a su familia! También  tendrá que rembolsar  el préstamo del gobierno pagando el  interés, que es el mismo para todos, pero que se va incrementando mientras más se demore uno en pagar.


La estudiante ganó el caso. Fue una sonada victoria que me demostró que lo bueno de estas sociedades es que no todo está perdido. En efecto, aquí existen muchas vías para defenderse, aunque generalmente el camino sea largo y las gestiones muchas veces se averen infructuosas. 

A pesar del éxito de la causa, me seguía pareciendo inverosímil que aquella mujer  -con la que me solidarizo plenamente- hubiese tenido que llegar  a luchar por reivindicar un derecho tan obvio.

De historias así está cargado el primer mundo. Por  momentos me digo que nos gobiernan hombres que en su fuero interno desprecian o le temen a las mujeres.

Quizá estos pensamientos tan furibundos estén algo influenciados por mi reciente lectura de la trilogía Millenium, de Stieg Larsson. En esa novela, considerada por muchos una obra mayor de la literatura sueca del S. XXI, Larsson refleja muy bien lo que aquí intento exponer. 

Entre las muchas formas de violencia que aún se manifiestan en nuestras sociedades post industriales las que se cometen abierta o solapadamente contra la mujer siguen estando entre las más lamentables.  Ello acusa un desprecio atroz por la vida humana.

Sin embargo, para lograr cambios hay soluciones que no siempre dependen de  las leyes. Con frecuencia olvidamos que esa mutación debe empezar por nosotras mismas, por nuestra actitud ante lo que permitimos que pase o no en nuestras vidas. Esto, que parece algo tan simple, casi siempre es lo más difícil de lograr.

¿Es preciso recordar que nuestras decisiones personales -una forma de ejercer  plenamente nuestra libertad y derechos-,  son cosas que se sitúan en nuestro rango de poder? Dicho en otras palabras, nuestras decisiones personales forman parte de aquello que sí podemos cambiar.

Ergo, en nuestras sociedades del S. XXI se impone un cambio de percepción y de políticas hacia la mujer. Pero, para que eso verdaderamente ocurra, somos nosotras mismas -a nivel personal-, quienes debemos franquear el primerísimo umbral.

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