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jueves, 27 de octubre de 2011

De la amistad y las redes en la era de Internet

 El Garrix, por fb. Con amigos como estos... ¡Jejejeje!

Hace un par de días fue mi cumple. Subo hoy esta nota para agradecer los homenajes que recibí ese día.

Sé que hay personas que no aprecian las redes sociales, pero mi experiencia con ellas es bien singular. Las redes y la Internet constituyen parte de mi campo de investigación y trabajo. Por lo mismo, ellas han pasado a formar parte importante de mi vida.

Muchas veces  el espacio virtual nos sirve para compartir  nuestras ideas. Otras, se convierte en esa arena que nos permite revindicar nuestros derechos, alzar la voz contra los abusos y salirle al paso a lo que está mal. De ese trabajo han nacido relaciones hermosas y duraderas que me permiten recibir afecto del bueno en  días así :-)  

Ya sé que cada cual utiliza las redes como mejor le convenga y casi todos tenemos nuestra propia experiencia.  En lo personal, a mí me han permitido conocer a mucha gente hermosa. Y a otros —con los que aún no he tenido contacto físico, pero que con frecuencia han estado presentes para batallar a mi lado, aconsejarme o incluso escuchar alguna que otra que pena— les he dedicado en más de una ocasión pensamientos al estilo: ¡tan lejos y a la vez tan cerca!

Agradezco especialmente a Alexis Romay, a Esteban Casañas —quien me dedicara un post hermosísimo— y a mi amigo de los años, el caricaturista Garrincha.

A todos los que me escribieron y llamaron, ¡muchas gracias por su cariño y sus buenos deseos!

Les comparto parte del botín de estos bandidos.

Postal de cumpleaños a activista de derechos humanos

Por: Alexis Romay

Esta dama es de cuidado.
Tiene carisma y espuela
y en su blog, Chez Isabella,
te enteras que en el Vedado
—ese barrio destrozado
por el odio delirante
y la estulticia imperante…—
se reprime con fiereza
a gente con entereza
por orden del Comandante.

lunes, 24 de octubre de 2011

Communication Breakdown



"This is a problem we don't get, but maybe some people do", —afirma el viejo Robert Plant al introducir este clásico durante un conciertazo en vivo—.

Por asociación, caigo en la cuenta de que hoy hace más de 10 días que no sé nada de mi mejor amiga. Mentalmente increpo, me castigo y le respondo al viejo Robert. 

Suena el teléfono.

—¡Ya era hora!

Me parece justo. A lo largo de la última semana he estado llamando al mismo número ad infinitum. He envíado varios SMS y no he obtenido respuesta. Pero ahora... mi móvil anuncia que es ella.

—She's back, yeah!

Su voz suena pausada. Está bien —me dice— y el mundo vuelve otra vez a recorrer su órbita.

Sin embargo, muy pronto se pierde en excusas, saca a relucir viejos renconres, esos pepinillos verdes encurtidos en vinagre con los que (mal)nutrimos el alma en días nefastos en los que la cabeza no anda bien y no encontramos mejor solución que la de envenenarnos con ciertas minidosis de acidez. 

Mis oídos soportan lo imposible. Casi historias de ultratumba. Pero escucho. No logro entender cómo puede una relación de tantos años pasar a ser engavetada en un archivo memorial de esa manera. Cómo una persona con la que has reído y llorado, con la que compartiste el patio de tu casa, tu ropa, los viajes, la comida de los hijos, los insomnios, los divorcios y todas las celebraciones posibles e imposibles en medio del dolor del desarraigo de pronto decide que te borra, que ya no vas a estar más en su vida. 

—¡Esto es un caso de estudio!, —me digo—. Por eso soy toda oídos.

De repente, como por azar, aflora el actante principal de esta tragedia, la pieza que articula todo el rompecabezas: un hombre. Pero no uno cualquiera, sino uno reconvertido, un hombre que está de vuelta de todos sus pecados. Y él arrastra sus celos de bestia herida y despechada, sus falsas incomprensiones, penas que rumia de noche entre las sábanas de mi amiga. Un mundillo muy básico en el que abundan los complejos y donde la palabra final la tiene siempre la vanidad del macho del terruño.

Cada pieza del puzzle acaba de caer definitivamente en su lugar.

Con pesar veo en ese espejo la amargura de una vida que dejamos desfilar como si no fuera la nuestra. Mi amiga está cansada de luchar contra imposibles. Lo sé de sobra. Le faltan fuerzas para echarse su vida a cuestas y salir sola adelante. Está atrapada en la cubanísima fórmula de "tener un hombre al lado". Y hasta cierto punto, es lo normal. Ese es su paradigma. A pesar de los años pasados en este congelador no sabe vivir de otra manera. 

—Te ha pasado tantas veces... ¡Y no aprendes! ¿Por qué la vida te pone estas pruebas?

Quizá sea porque en tu mundo la amistad siempre fue el mayor de los tesoros. Porque de niña tuviste la dicha de ser tocada por un ser especial que te distinguió con su atención, te contagió sus valores y te enseñó por lo que vale la pena vivir y morir.

(Está claro, los ángeles no son criaturas de este mundo. Por eso hoy estás sola. Por eso ahora hablas y mientra miras por la enorme ventana tus palabras son como esas hojas que arrastra el viento allá afuera).

Pero tú tienes más, muchísimo más para entregar. Otra vez las palabras de aquel chico resuenan en tu cabeza:

—¿por qué tu corazón es tan grande? Soy dichoso... ¡En él cabe tanta gente! Es porque tienes el don del amor.

—¿Lo recuerdas? —Sí. Y te guardas el regalo de su sonrisa eterna. 


La conversación se escurre por senderos trillados. Nos tornamos formales. Agradezco su sinceridad. Y me dejo ir. Me voy desprendiendo de esa parte de mi vida como si fuera una vieja piel. Atrás queda el cachondeo entre chicas, la risa fácil, los sobrentendidos con sólo cruzar una simple mirada. Serán sólo recuerdos, buenos momentos inmortalizados en instantáneas.

Y sabes —porque lo intuías desde hace mucho— que no habrán más tardes de cocina, ni mesas compartidas, ni días del año.

Ya al límite pronuncian palabras de cariño, frases manidas. Finalmente, casi con alivio, cuelgas.

—¡Un problema resuelto! No hay como dejar las cosas en claro, —te dices—.

Un sentimiento de bienestar te reconforta. Entonces, dejas que tu melomanía te guíe, que tu instinto te salve y haga el resto. En YouTube, "los abuelos" aguardan con la sabiduría propia de los clásicos. Está en tu lista, of course, babe! Y dejas que la canción haga tu día. 

viernes, 1 de enero de 2010

The Beatles forever, entre tradiciones cubanas y montrealenses.


Imagen tomada de Internet: Fête la Saint-Sylvestre o le Réveillon du Jour de l'An, Montréal, con los fuegos artificiales al fondo y miles de personas de distintas partes del mundo celebrando en sus calles. 

Ayer, tras brindar a las doce de la noche por el nuevo año, llamamos por teléfono a La Habana. No pude hablar con mi madre. Me respondió mi abuela con su voz octogenaria visiblemente emocionada. Me contó que mi madre y hermano habían bajado, junto a los demás invitados que habían estado en la fiesta de fin de año en nuestra casa, para cruzar la calle con unas maletas.

Para quienes no estén al corriente de esta práctica, devenida ya una tradición, tan folclórica como la de lanzar el  cubo de agua para que se vaya lo malo, hago aquí un paréntesis y explico en qué consiste.

Como casi todo el mundo sabe, en los últimos veinte años para los cubanos irse de su tierra  ha pasado a ser una de las prioridades de todo aquel que tenga algún tipo de aspiraciones respecto a su futuro personal o profesional. Sobre todo,  vemos este interés en los jóvenes. Ellos no se resignan a vivir según los caprichos del gobierno cubano que les impide prosperar y tener una vida en la que sean ellos quienes decidan por sí mismos acerca de lo que quieren o no para su futuro.

Por eso, para que la suerte les sea propicia en el año que comienza, el 31 de diciembre a las doce de la noche las personas se paran en una acera con maletas y cruzan al otro lado de la calle. Para muchos, esto ya forma parte de las tradiciones cubanas de esa fecha. Podría decirse que esta es otra de las tantas  cosas absurdas que los cubanos le debemos al castrismo.

Si nos ponemos a pensar, es algo bastante triste porque al final, muchos de quienes evocan ese deseo de emigrar en ese momento, a corto o largo plazo terminarán por cumplirlo. Así se va eternizando este ciclo del exilio cubano en donde primero se sueña con salir y luego, una vez que se está del otro lado -como  lo estamos ahora mismo más de dos millones de cubanos desperdigados por todo  el mundo-, sentimos nostalgia de los parientes y amigos que quedaron atrás en nuestra isla. Pero como suele sucedernos, en el momento de cruzar la calle e incluso "el charco" -como le llamamos por igual al mar o al océano que nos separa del mundo-, todo transcurre entre risas y bromas, sin detenernos siquiera a pensar en todo lo que eso implica.



Mientras esperaba el regreso de mi madre a su casa, yo estaba aquí, "del otro lado del espejo," en mi hábitat canadiense, compartiendo en casa de  los Gregori, unos amigos que han pasado a ser parte de mi familia del exilio. Allí comenzamos el 2010 cantando con el nuevo programa The Beatles para  el XBox 360. Mis niñas tocaban guitarra; Randy, el hijo de mis amigos, quien es un verdadero "mordu" de los juegos electrónicos, tocaba  la batería mientras su padre y yo nos desgalillábamos cantando siguiendo el Karaoke. Nos divertimos mucho. Sin duda, fue una ocasión de oro para que mis hijas reivindicaran los juegos de video ante su descreída madre.

Después de más de media hora subimos y volví a llamar a mi madre. Me contó de la fiesta y la cena, también de la pasadera de calle transcurrida entre risas, esta vez aderazada con la idea de mi hermano de ir tocando una campana mientras pedía salir para cualquier lugar de este mundo. Me reí, por supuesto, porque alguna vez yo misma hice eso con mis amigos, pero ahora reía con cierta tristeza, con el sentimiento de quien sabe lo que está por venir.

A nuestro regreso a casa, estaba nevando. Todo estaba cubierto por una fina y blanquísima capa de nieve, verdadera bendición del cielo. Eran casi las 3:00 am y aún en las afueras de Montreal todo estaba iluminado, lleno de autos que circulaban en diferentes direcciones. Los restaurantes y bares habían trabajado hasta bien tarde. La gente celebraba con auténtica alegría, esa que se genera cuando uno tiene proyectos e ilusiones que lo ayudan a vivir.

Mientras conducía pensaba en la familia, en los momentos de alegría tan efímeros que el gobierno cubano nos cobra a precio de oro por todas las vías posibles (teléfono, permisos de salida, tarifas absurdas de pasaporte...).

En mi cabeza resonaban aún las melodías de los temas de The Beatles y yo, contra toda adversidad, insistía en mirarle el lado positivo a la vida.


Foto de la calle 23 en La Habana durante la noche del 31 de diciembre 2009. © Cubano Sol, del blog Fotos desde Cuba 

Hoy, visitando los blogs, encontré esta foto de cómo se veía La Habana en la noche del 31 de diciembre 2009. Una ciudad apagada, sin el brillo ni la alegría que otrora la hicieran  famosa a través de los años. Singular contraste entre las escenas que me describió hoy mi tío en un mensaje de lo que fue el espectáculo de fin de año en Ferrara, Italia. También entre lo que sabemos que ocurre aquí en Montreal, donde los fuegos artificiales se elevan en el cielo sobre el Viejo Puerto en una danza alucinante, al final de la fiesta de San Silvestre.  A las doce en punto de la noche, cuando comienza el nuevo año,   miles de personas  provenientes de diferentes lugares del mundo brindan, se abrazan y se besan con verdadera alegría de vivir en las calles de ese centro histórico, muy a pesar de las frías temperaturas de diciembre.


Imagen tomada de Internet: Grand Bal du nouvel an 2009, Place Jacques Cartier, Vieux-Port de Montréal, 2009.

El contraste entre estas tradiciones, nacidas de dos realidades tan opuestas,  ha llenado mi primer día del nuevo año. El mismo ha transcurrido en un letargo provocado por la gripe, una de esas rompe huesos que me ha dejado el entra-y-sale del frío al calor (y viceversa) en estos días de fiesta.

Un poco más tarde, en la noche, Tele-Québec retransmitía el concierto que diera Paul Mc Cartney en les plaines de Abraham (las llanuras de Abraham) con motivo del cuatrocientos aniversario de la fundación de la ciudad de Quebec, en 2008. A pesar de mi malestar físico y anímico, la música del cuarteto de Liverpool, eterna como la belleza misma, volvió a sumergirme en un estado de emoción.

Entonces, sin motivo aparente y muy a pesar de los nubarrones que vaticinan un cielo igualmente tormentoso allá en el terruño para este año, insistí en cantar junto a Sir Paul Mc Cartney su inmortal "Let it Be". Yo quiero ser optimista. Y es que, como dice el poeta y activista cubano Jorge Salcedo en sus predicciones para Cuba en 2010, "pasará lo que hagamos". 


jueves, 6 de agosto de 2009

Para mi familia cubana: contigo en la distancia



Acaba de pasar el 5 de agosto y para sorpresa mía, permanecí en silencio ese día. No sentí motivación para escribir nada al respecto. Me limité a ver lo que otros bloggers habían publicado en sus bitácoras, así como numerosas fotos y videos del fallido Maleconazo de hace quince años. Resulta que a veces, por momentos, me canso de lo mismo. No es egoísmo, es un cansancio que se torna visceral y me aguijonea donde más duele hasta dejarme exánime.

El 4 de agosto había sido el cumpleaños de mi hija menor, Enya, quien por estos días se encuentra en Cuba en compañía de su hermana. Al principio pensé que mi estado se debía a la lejanía de mis dos niñas, quienes desde hace más de un mes están con sus abuelas. Pero no, no se trata sólo de eso. La cosa es mucho más grave. Podría decirse que es una mezcla de sentimientos encontrados. La semana pasada, en un resumen de noticias de la isla, mi madre me escribió lo siguiente.

“Bueno ya (…) pagué la prórroga, fueron 50 CUC ¡Por poco me muero ese día de tanto esperar! Ahora cambiaron la oficina que antes radicaba en Nuevo Vedado. Le encargué a un amigo que vive cerca de allí que me averiguara a dónde debía ir y le informaron mal. El caso es que comencé ese día por La Habana Vieja y terminé en La lisa. El maltrato es tremendo, es como si nos castigaran por tener familia fuera. Tuve que hacer una cola al sol que con este calor es uno de los peores castigos que te puedan poner. Según el oficial que atiende en información, ellos no dan ningún servicio, somos nosotros "los que pagamos para ver a nuestros nietos". Me quiso decir que ellos están ahí por culpa nuestra, pues resulta que ni siquiera llenan las planillas cuyo único objetivo es el de pegarle los sellos a los pasaportes por valor de 25 CUC en cada caso. De contra que tenemos que pagar para ver a nuestra familia, nos machucan todo lo que pueden ¡Qué obstinación!”

Esto, unido a toda la información que he recibido últimamente sobre el Maleconazo y el aumento de la represión en Cuba vino a entristecerme sobremanera y a sumirme en el desánimo en que me encuentro. Entre otras cosas leí el excelente post de Aguaya sobre su experiencia en la aduana cubana. Otra historia, entre muchas de las que documenta el blog Evidencias, que confirma las arbitrariedades a las que estamos sometidos quienes decidimos –en detrimento de nuestras convicciones políticas- mantener los vínculos afectivos con la familia que dejamos atrás.


Hoy, en silencio, he repasado una y otra vez las fotos que me mandara una amiga. Las tomó un día que pasó en el parque Almendares con mis hijas y los suyos. Observo sus caras de felicidad rodeadas de una pobreza material alucinante: un parque otrora esplendoroso, hoy en ruinas, unos caballos flacos, un río que de solo verlo me hace sentir su pútrido vaho… metáfora cabal de toda la isla. Sin embargo, me deslumbra la risa abierta que tienen mis hijas cuando están entre gente que las ama y las consiente. Pienso en lo sagrada que es la inocencia. También pienso en la forma en que la palabra Cuba brota a veces de sus bocas cual un pájaro imposible y en cuán difícil se hace controlar ciertos sentimientos. Me detengo en la foto de Enya, la que llaman la Mirena –como le digo a veces bromeando-. Me dejo ir, me pierdo en la profundidad de su ojos, casi puedo palpar su cabello tan negro hasta sentirlo en mis labios. Flaqueo. Cuando la tengo al habla y pronuncio su nombre se me quiebra la voz. Al principio no me reconoce. Hablo un rato con todas mis matriarcas y me quedo peor que cuando llamé sabiendo que todos mis amigos irán a festejar el cumpleaños de mi hija en mi ausencia. Ni siquiera siento envidia. Así de brutal puede ser la tristeza cuando lo tiñe todo.


En un golpe de rabia pronuncio en voz alta el nombre compuesto de mi hija que evoca al fuego y la divinidad; la siento viva, llena de esa rebeldía que es su sello personal. En un conjuro pido trasponer esas características a aquella cárcel de agua. Deseo con todo mi ser que se encarnen y magnifiquen en Cuba sacudiendo la isla toda hasta dejarla inmaculada bajo un nuevo día en el que ya no tengamos que doblegarnos ante nadie en nombre del amor. Un día en el que un pueblo como un solo hombre se levante gritando ¡NO MAS ULTRAJE! Un día en el que los de aquí no paguemos más tarifas absurdas para tener lo que nos corresponde. Un solo día en que la libertad deje de ser un concepto abstracto, una categoría filosófica, política o social para convertirse en un estado de derecho que nos permita renacer como cubanos.

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